naturaleza niños
Pasar tiempo al aire libre, en la naturaleza, es esencial en la infancia

¿Alguna vez te has sentido notablemente mejor después de una caminata tranquila en la naturaleza, incluso sin saber el porqué? La naturaleza es una ayuda a la fatiga mental que sufrimos en nuestro día a día. En diversas investigaciones ha observado que los entornos naturales reducen los niveles de cortisol, favorecen un estado de menor activación de la amígdala (el centro de alarma del cerebro), y contribuyen a restaurar nuestra capacidad atencional

 

Entonces, si la naturaleza es crucial para una mente adulta, podemos imaginarnos el impacto que tiene en un cerebro infantil, el cual está en pleno desarrollo. Para los niños, pasar tiempo al aire libre es imprescindible.

 

Hay algo profundamente humano en la relación entre los niños y la naturaleza: una necesidad biológica. Durante años, el desarrollo del cerebro infantil se ha producido en interacción constante con el entorno natural, explorando, tocando, moviéndose y observando. Los niños, especialmente en los primeros años hasta los 6 o 7, necesitan mucho movimiento. Su cuerpo no está preparado para permanecer sentado durante horas ni para procesar de manera continua estímulos artificiales. Basta observar cómo se detiene ante un charco, cómo sigue con la mirada una hoja que desciende o cómo se siente atraído por piedras, palos o insectos sin que nadie le anime a ello.

 

La naturaleza ofrece las experiencias necesarias para el desarrollo de ciertas habilidades y permite que los niños aprendan con todo el cuerpo. Subirse a un tronco, saltar una piedra o sentir el barro bajo los pies, activa la propiocepción, la planificación motora, la coordinación, el equilibrio y la integración sensorial. ¿De qué manera? Caminar por terreno embarrado obliga al cerebro a reajustar su postura, la tensión muscular y a anticipar sus próximos movimientos para no resbalar. 

 

 

Todo esto pone en marcha las funciones ejecutivas cerebrales, porque requiere atención, control de impulsos y autocorrección constante para no tropezar. Lo mismo ocurre cuando un niño lanza piedras al río: antes de lanzar, ajusta la fuerza, calcula la trayectoria, inhibe el impulso de soltar demasiado rápido y se concentra en un objetivo concreto. Después observa el resultado: si la piedra hace “chof”, si salpica, si se hunde o rebota, si produce un sonido u otro. Todo esto es también predicción y pensamiento crítico.

 

 

«Cada experiencia al aire libre construye conexiones neuronales que sostendrán aprendizajes más complejos en el futuro».

 

 

Este tipo de experiencias, como intentar trepar algún árbol o subirse a un tronco observando y poniendo atención en donde ponen el pie y en cuál será el siguiente movimiento, suponen pequeñas dosis de estrés manejable. Cuando un niño se enfrenta a estos desafíos reales pero seguros, está aprendiendo a modular la respuesta fisiológica al estrés. Dicho de otro modo, está construyendo una base que, en la vida adulta, le permitirá afrontar otras situaciones estresantes con más recursos, porque ya ha aprendido a gestionar la activación emocional en contextos controlados.

 

 

 

El cerebro se prepara mejor para aprender

 

Investigaciones realizadas en la Universidad de Illinois muestran mejoras en la atención sostenida, la memoria de trabajo y la claridad mental cuando los niños pasan tiempo en entornos verdes. La investigación reciente también demuestra algo fascinante: el ejercicio físico mejora la atención y la memoria, pero cuando se realiza en un entorno natural, estos beneficios se amplifican.


De hecho, hay estudios que señalan que el entorno en el que se hace ejercicio “puede ser tan importante como el ejercicio en sí”. En un estudio clásico con niños preadolescentes, una caminata de 20 minutos al 60% de su frecuencia cardíaca máxima mejoró la concentración, el tiempo de reacción, la memoria y la capacidad de atención. Se observó, además, una mayor actividad cerebral en áreas vinculadas con el aprendizaje y el control cognitivo. En otro estudio más reciente, se compararon caminatas de 15 minutos en interior y exterior: las realizadas al aire libre mejoraron claramente el rendimiento en tareas de atención y memoria de trabajo, mientras que las caminatas en interiores no produjeron estos efectos. La conclusión es contundente: los niños necesitan moverse para poder pensar, aprender y crear, y si ese movimiento ocurre en contacto con la naturaleza, los beneficios se multiplican.

 

 

El juego libre y la expresión artística en la naturaleza

 

En la naturaleza, todo es un material de juego: un palo puede ser una espada, una pala o una varita mágica. Esto fomenta la creatividad y la resolución de problemas, ya que tienen que inventar la utilidad de cada uno de los objetos que se van encontrando por el camino. Los desafíos prácticos, cómo construir un refugio o desviar el agua de un charco, activan su pensamiento crítico y su curiosidad. Recuerdo varias escenas donde los niños intentaban buscar el modo de hacer equilibrio con dos piedras y una rama. La naturaleza permite que aparezcan preguntas, hipótesis espontáneas y observaciones detalladas.

 

Las propuestas de arte en la naturaleza es algo que nos gusta mucho, por el beneficio en sí que tiene pasar tiempo al aire libre, pero también por todo lo que ésta les ofrece: observación, paciencia y atención plena.  El contacto con elementos naturales activa sistemas sensoriales esenciales para el desarrollo (tacto, propiocepción, vista, audición) mientras que la actividad artística estimula la planificación, la flexibilidad cognitiva y la resolución de problemas. Además, trabajar con materiales naturales incrementa la motivación intrínseca: los niños se sienten más libres, exploran más y toman más decisiones propias, lo que refuerza su autonomía y su capacidad para sostener la atención durante más tiempo. En conjunto, las propuestas de arte en la naturaleza ofrecen un entorno óptimo para integrar creatividad, movimiento y regulación emocional, tres factores clave para un desarrollo cognitivo saludable.

 

 

Las manualidades con elementos naturales son otra forma de mantener viva la curiosidad y la creatividad. Recolectar todo lo que se encuentran por el camino como piedras, hojas, flores secas, palos o piñas hace el paseo más interesante para después, con esos materiales, crear pequeñas esculturas, collages, estampaciones con hojas o mandalas. Cada una de estas propuestas fortalece la motricidad fina, la capacidad de planificación y la toma de decisiones: elegir, organizar, combinar, probar, equivocarse y volver a intentar.

 

 

Recuerdo un día en el que salimos al exterior simplemente a pintar, dejando que cada peque eligiera qué quería llevar al lienzo.  Colocamos los caballetes en medio del césped, sin instrucciones ni pautas, algunos se quedaron observando el paisaje largo rato antes de empezar para observar bien todos los detalles del bosque; otros mojaron el pincel sin pensarlo demasiado, lo tenían muy claro desde el principio. No había modelos, ni expectativas, tan solo la inspiración que la propia naturaleza les da.

 

En este tipo de actividades no hay guía externa: el entorno les ofrece el material y ellos hacen el resto. Y, sobre todo, cuando los niños crean en la naturaleza, el arte deja de ser una actividad para convertirse en una manera de estar en el mundo.

 

Fuentes:

  • Hillman, C. H., Pontifex, M. B., Raine, L. B., Castelli, D. M., Hall, E. E., & Kramer, A. (2009). The effect of acute treadmill walking on cognitive control and academic achievement in preadolescent children. Neuroscience, 159(3), 1044–1054.
  • Boere, K., Lloyd, K., Binsted, G., & Krigolson, O. E. (2023). Exercising is good for the brain but exercising outside is potentially better. Scientific Reports, 13(1), 1140.
  • Hannaford, C. (2005). Smart Moves: Why Learning Is Not All in Your Head. Great Ocean Publishers.

 

Derechos reservados de todas las imágenes ©enlamentedelnino. Prohibida su reproducción. Si quieres compartir este contenido escríbenos hola@enlamentedelnino.com

Entradas recomendadas