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Ideas de propuestas y actividades sensoriales

Aprender a través de los sentidos y la experiencia 

 

En los primeros años de vida, los niños aprenden con todo el cuerpo, observan un objeto, lo agarran, lo lanzan para escuchar su sonido, lo huelen, etc.

La vía principal por la que construyen conocimiento es la experiencia directa: aquello que pueden tocar, mover, oler, comparar, transportar, desmontar o transformar. Por eso, cuando observamos a un niño pequeño, lo primero que vemos es movimiento, exploración y un interés constante por experimentar. Su impulso natural es usar los sentidos para comprender el mundo: meter las manos en un cuenco, golpear dos objetos, oler una flor, agitar una bandeja llena de semillas o sumergir las manos en agua.

 

 El cerebro infantil necesita vivencias corporales que fortalezcan las conexiones neuronales que están formándose a gran velocidad. Cada textura, cada cambio de temperatura, cada sonido y cada resistencia del material ofrecen información importante que ayuda al niño a organizar su percepción, regular su estado emocional y establecer las bases de futuros aprendizajes más complejos. El juego sensorial es fundamental en el desarrollo temprano. 

 

En este sentido, los aprendizajes se consolidan mejor cuando se viven a través de la acción. Por ejemplo, cuando preparamos un pequeño “hormiguero” los niños manipulaban la tierra, descubrían texturas, encontraban los distintos túneles, aprendiendo para que servían cada uno, y relacionaban la experiencia con el mundo real.

 

Por eso nos gusta siempre recordar la frase atribuida a Confucio: “lo que escucho, lo olvido; lo que veo, lo recuerdo; lo que hago, lo aprendo”. Esta es exactamente la lógica del aprendizaje temprano: explorar, manipular y vivir la experiencia para construir un conocimiento sólido y duradero.

 

 

Propuestas sensoriales y lo que ocurre en el

cerebro infantil

 

El uso de propuestas sensoriales para el aprendizaje se realiza través de la preparación de bandejas amplias y estables que permiten que los niños exploren sin prisa, sin interrupciones y con la libertad de dejar que la actividad vaya transformándose según sus intereses.

 

Cuando un niño manipula arena, harina, agua, piedras o materiales naturales, activa simultáneamente los sistemas táctil, propioceptivo y vestibular, su cerebro recibe datos que le permiten calibrar su cuerpo, regularse, concentrarse y anticipar lo que va a ocurrir. Esta es la esencia del aprendizaje temprano: experimentar primero para comprender después.

 

 

 

 

Desarrollo cognitivo y emocional y la importancia del entorno

En ese proceso de aprendizaje aparecen secuencias motrices, pequeños problemas que resolver, hipótesis, decisiones, comparaciones y comunicación no verbal. Muchas veces vemos a un niño repetir el mismo gesto: verter, escarbar, tamizar, esconder objetos, empujar, aplastar, durante largos minutos. Esta repetición responde a una necesidad madurativa de organizar sensaciones, integrar información y obtener predictibilidad a través de la acción.

Además, las propuestas sensoriales crean un entorno emocional seguro. Cuando un niño puede explorar sin prisa, sin correcciones constantes y en un entorno seguro, se favorece la autorregulación atencional: esa capacidad de orientar y mantener la atención según su propio interés, en lugar de estar en constante alerta por el entorno. El adulto, en este contexto, acompaña desde la presencia: observa, nombra lo que ve, ofrece palabras cuando son necesarias y permite que la actividad fluya de forma natural.

 

A lo largo del tiempo, hemos comprobado que estas experiencias no solo aportan beneficios motores o sensoriales, también fortalecen habilidades cognitivas como la planificación, la flexibilidad mental o la atención, y favorecen procesos emocionales como la confianza en uno mismo, la tolerancia a la frustración y el disfrute por descubrir. Los niños encuentran en estas actividades un espacio donde pueden equivocarse sin consecuencias, probar nuevas posibilidades y conectar con su curiosidad innata.

El objetivo de las experiencias sensoriales es ofrecer al niño oportunidades para sentir, organizar, experimentar y comprender a través de la acción. Por eso son tan importantes en la primera infancia y por eso, año tras año, seguimos incorporándolas como parte esencial de nuestro trabajo educativo.

 

 

 

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